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MASCARA VS CABELLERA

04 Feb 15 - 11:41

    

    
















   









El ritmo que produce una máscara

Por: Nadia Rodríguez Martínez
 
1.- A tres caídas sin límite de tiempo:
Percepción, intuición periodística e investigación.
 
Partiré de una frase que hallé en un libro sobre filosofía de la vida cotidiana que me parece una verdad ya conocida por todos, pero necesaria de recordar: “Lo que empieza siendo un tema de interés personal termina por convertirse en el núcleo de una investigación académica” 1

Esta idea que recobro es tan real en la medida en que, como investigadores o científicos sociales, le hacemos caso a las  pulsiones que dirigen nuestros sentidos y nuestra sensibilidad hacia determinados fenómenos. Me refiero a ese ímpetu primario, intuitivo, gozoso y hasta visceral que algo mueve en nuestro ser, para ir en búsca de un saber y de una explicación.

Los sentidos nos permiten regresar a lo más básico de nuestra existencia, nos obligan a ser curiosos, a indagar y reflexionar en torno a las nociones básicas como el espacio, el tiempo, el cuerpo, las atmósferas,  los colores,  las formas de las cosas y de los lugares, etc.

La percepción es básica para las ciencias sociales, para conocer mejor nuestro objeto de estudio, que son los seres humanos en devenir. Las sociedades siempre están en renovación, por ende las sensibilidades también se transforman y el imaginario social nos muestra esos cambios.

Ese imaginario alimentado por la historia de vida de cada pueblo, entre la realidad tangible y la mitología indispensable para existir y creer, es una beta inmensamente rica e inagotable. Me parece que en el caso de América Latina muchos investigadores y periodistas navegamos abierta y gozosamente por ese nicho inagotable de fenómenos y expresiones sociales y culturales.

Michel Maffesoli dice: “se busca ansiosamente una explicación de la realidad cuando una simple descripción constituye la solución a la dificultad”2  De esta idea interpreto lo siguiente: La mayoría de las ocasiones nos desgastamos tratando de fabricar explicaciones complejas de la realidad que estén a la orden del día con las teorías sociales y filosóficas más eruditas, eso no está mal, pero muchos de esos esfuerzos se quedan en un nicho, comprendidos solo por unos cuantos.

Vale más una descripción equilibrada entre la sensibilidad y el saber académico, cuyo lenguaje sea noble pero bien fundamentado, sin perder rigor pero que sea comprensible para muchos. Es un juego entre la experiencia de vida y el conocimiento, por ello es atrevimiento auténtico, tan importante como las investigaciones científicas más trascendentales.
 

2.- Una coreografía social
 
“ …la fiesta es un espacio de transmisión de valores”
Octavio Paz
 
El imaginario social es una mezcla entre realidad y ficción, así lo demuestran ciertos fenómenos culturales en los que el ser humano desborda sus saberes y sus pasiones. Hay espacios, momentos y tiempos donde parece que no existen las reglas y los individuos se ven libres de expresarse. 

De todos esos fenómenos que me apasiona describir y en el proceso encontrar su significancia, hoy destaco uno que particularmente en México ocupa un lugar muy especial, entendido como espectáculo deportivo con un alto impacto social. Me refiero a la Lucha Libre profesional, que después del futbol soccer, es el fenómeno masivo más popular.

                



El arte del pancracio como también se le conoce a la Lucha Libre, forma parte de ese grupo de rituales festivos a los cuales se le ha rendido culto a través de los años. Existe una devoción y afecto por este deporte-espectáculo y por los personajes (luchadores) que arriesgan su físico en el cuadrilátero, ataviados con llamativas vestimentas, máscaras, blondas cabelleras y seudónimos que dan cuenta de una rica sabiduría popular.

Desde la mitad del siglo XX y hasta la década de los 90, se practicó en México un estilo muy apegado a las técnicas de la lucha olímpica, en donde los movimientos corporales adquieren una belleza estética cimentada en el binomio de la fuerza y la ejecución perfecta de “llaves” y piruetas aéreas.

Ese modo de luchar se sigue practicando hoy a pesar de la apertura que la industria de los medios de comunicación le ha brindado a la lucha norteamericana, caracterizada por un grado de violencia exagerado que casi no contempla las reglas impuestas por el deporte mismo.

Una función de lucha libre puede constar de varias pelas o disputas en las que intervienen desde un par de rivales hasta grupos de tres a seis contrincantes. Cada pelea o lucha es a tres caídas sin límite de tiempo, es decir, cada caída significa una pelea y la más importante es la tercera caída, en donde se decreta al ganador.
Los espacios en donde se practica la lucha libre se llaman arenas, aunque también se pueden realizar al aire libre, en espacios públicos o estadios. Los frenesís se desatan en cuanto los luchadores salen al escenario, esos hombres se convierten en algo más que deportistas, son héroes míticos, seres que la misma gente convierte en leyendas y gusta de saberlos invencibles.

Para mí, el punto clave de tantos desbordes reunidos en un mismo fenómeno, se concentra en el misterio e impacto que puede lograr una máscara y el personaje construido en torno al concepto de esa máscara, de ese disfraz que envuelve al deportista y que lo convierte en héroe ante la anuencia y la retroalimentación del “respetable público”.



Además, todo lo que envuelve la construcción de una máscara, de una identidad determinada que aparece en la arena, ante el público, y que se vuelve popular en los medios de comunicación, resulta venir cargada de una serie de valores, concepciones y costumbres que forman el ideal o los ideales de una sociedad. Por lo tanto, ese personaje enmascarado es una especie de estandarte, representando en cada función lo que la sociedad ama de sí misma o bien, lo que odia de sí misma.   

Quiero retomar un concepto metafóricamente bello, propiedad de Michel Maffesoli para nombrar a aquellos fenómenos culturales festivos cuya estética se nombra en la medida en la que el observador puede apreciar la socialidad, es decir, la manera en la que los individuos desbordan  euforias y pasiones, cómo las viven y cómo las comparten.

A estos fenómenos de un complejo entramado cultural los concibe como una coreografía social. De hecho insiste en estudiar a las sociedades de América Latina a partir de la teatralidad experimentada en la vida cotidiana. Son como una danza, un montaje con cierto ritmo, color y musicalidad.

Aunado a esta manera de ver las cosas ¿será que en nuestros estudios sobre construcción de identidades también podemos volver un mayor número de veces a la teoría del Homo ludens (Johan, Huzinga 1938)? ¿Podemos estudiar las coreografías sociales de Maffesoli como una mezcla entre realidad y una ficción que nos inventamos para sobrevivir en lo individual y como grupos?

La lucha libre también es un juego, una representación en la cual se confrontan dos bandos: los “malos” y los “buenos”, los “sucios” y los “limpios”, los “rudos” y los “técnicos”. Se entrecruzan varios lenguajes y  las reglas se transgreden tanto arriba del cuadrilátero (el espacio donde se practica la lucha libre) como en las gradas, donde el público manifiesta (con todo lo que puede) estar a favor o en contra de un personaje.



El escritor Carlos Monsiváis, apasionado observador de este espectáculo, las calificaba como un género expresivo y fantástico. De hecho, entre los gladiadores del pancracio que forman parte de la cultura y de las historias de leyenda destacan principalmente aquellos que están cubiertos por la máscara como “El Santo”, “Blue Demon”, “El Médico Asesino”, “Tinieblas”, “Mil máscaras” y “Místico”, por mencionar unos cuantos.

Las caretas o disfraces en la lucha libre son representaciones simbólicas que aluden primordialmente al poder del misterio. Alguien oculta su verdadera personalidad porque esconde un poder, una fuerza o bien, una vergüenza, algo que no está bien visto ante los demás.

Este es el principio del juego establecido entre el personaje y los “otros”, los individuos “comunes” que admirarán u odiarán a ese individuo de todas las formas posibles durante un espectáculo y aún fuera de él. En la coreografía a todos corresponde participar  con malicia,  ingenio, audacia, diversión, enojo, frustración, etc.

Hay muchas cualidades importantes para este rostro superpuesto, por ejemplo, es un símbolo retador que motiva la curiosidad y el descubrimiento del misterio que encarna a quien porta el atuendo. De igual forma, el individuo con la máscara, venciendo batallas y brindando ejemplo de salud física, se convierte en una ilusión, en un ejemplo para niños, jóvenes, hombres y mujeres de todas las edades.

Indudablemente, la máscara es sinónimo de fortaleza y poder. El cuerpo de gran musculatura, capaz de hacer malabares y soportar intensos castigos demuestra con creces estas cualidades, pero también el disfraz tiene fuerza y poder simbólico, aludiendo a temas de la naturaleza, divinidades, demonios, seres terroríficos o bondadosos, fenómenos para los cuales el ser humano se mira endeble y frágil.

Han sido populares algunos nombres como: “Satán”, “El santo”, “Huracán Ramírez”, “Rayo de Jalisco” y una lista inmensa que además vemos cómo va transformándose en la misma medida que la gente reinventa su historia. La máscara carga la multiculturalidad de un pueblo, por eso también observamos su colorido y el folclor.
 
              

3.- Héroes enmascarados

Es indiscutible que Spiderman, Batman o Capitán América son héroes ficticios que han obtenido amplia popularidad en el mundo gracias al apoyo de la industria que los concibió como comics, figuras del cine y de la televisión. A pesar de que algunas figuras de la lucha libre mexicana han aumentado su popularidad siguiendo la misma estrategia norteamericana, está claro que su forma de arraigarse en la gente tiene otra naturaleza.

Cada quien juega su papel, los luchadores destacan por su esfuerzo deportivo y por sus ganas de salir adelante, por darse a conocer. Ellos hablan de su condición humilde, del ejemplo de sus padres, de la familia que les brinda apoyo para trabajar por el anhelo de un sueño, del respeto a sus maestros, a sus entrenadores y la gente de experiencia que los asesora.

Una vez librados los obstáculos y convertidos en el motivo para que el público asista a una arena, entonces la promesa del luchador es no olvidar su sencillez, el origen familiar y el lugar de donde provienen y sus costumbres. Para muchos de ellos estos factores inspiran incluso, la construcción de su máscara y su personaje.

   

El luchador puede “meterse” con el público, responder a los insultos mientras está en el cuadrilátero, puede mofarse de sus compañeros y de la gente, pero detenta siempre un respeto a sus rivales y a quienes pagan por un boleto para verlos. La imagen de los personajes es utilizada en campañas de salud, de promoción de valores y apoyo de causas benéficas, sobre todo enfocadas en el público infantil.

Tanto el héroe como el “respetable” (el público) hacen del espectáculo un ritual masivo que empieza antes de entrar a la función. Una vez anunciada la primera caída todos se transforman, hay gritos, aplausos, insultos, risas, música, enojos, llanto y luces multicolores que bañan a los guerreros.

Dentro se vive un desahogo, mientras unos usan máscaras, otros se las quitan para descargar adrenalina  Estos carnavales son actos de sobrevivencia social, el escándalo y la fiesta es un recurso para no vivir todo el tiempo bajo la sobriedad de la realidad, pensando en el “deber ser” y el “deber hacer”.

En la lucha libre parece perderse el tiempo, es como entrar a una película y formar parte de la historia porque la euforia colectiva envuelve a todos en el mismo juego. Los personajes de las máscaras generan una comunión porque materializan los deseos de los demás, actúan en nombre del público, de todos esos seres anónimos que disfrutan viendo a los enmascarados con gratitud y afecto, no importando el bando al cual pertenezcan.

Cada máscara tiene una historia particular que resulta más atractiva y satisfactoria de describir si aparecen las analogías y la retórica para vaciar nuestro sentido como observadores de un proceso de comunicación que es una tradición para la cultura mexicana.

Entorno al personaje de la máscara todo es un equilibrio entre realidad y ficción, como la vida misma. El hombre que lucha se gana la vida entreteniendo a la gente, desgasta su cuerpo y su vida personal en pro de su personaje. Pero de igual forma, el héroe de la máscara es capaz de representarse a sí mismos en películas, luchando contra los narcotraficantes, los ladrones y corruptos, incluso es capaz de luchar en contra de aquellas fuerzas malignas sobrenaturales, como lo hacían “El Santo”, “Blu Demon” y “Octagón” en sus filmes.
 

4.- Para lo que sirve la máscara.

Una máscara encierra un sinfín de posibilidades, es sumamente flexible y refleja aconteceres y sabiduría. En ella caben sutilmente los temas políticos, sociales, religiosos, ideológicos, económicos, etc. Superponerse una máscara conlleva perder una identidad para ganar otra u otras.

En este proceso carnavalesco de la lucha libre podernos describir nuestras identidades desde el mismo juego como un atrevimiento honesto que describa la vida cotidiana y que se pueda compartir en donde sea y con quien sea como pequeños aportes que ayuden a la transformación de nuestras sociedades

No pocas veces se ha dicho que América Latina se caracteriza por su vitalidad social y cultural. En sus manifestaciones y expresiones festivas, artísticas y populares, las naciones de este continente manifiestan esa vitalidad y júbilo. Desde los problemas más profundos hasta los momentos de gozo, nuestras sociedades saben expresarlas bien para reconstruirse una y otra vez.

 
 
 
1.- Tal Ben-Shahar, “La búsqueda de la felicidad”, pág. 20, Alienta editorial, México 2013
2.- Maffesoli, Michel, “El ritmo de la vida” Capítulo introductorio, Edit. Siglo XXI, 2012
 
 
  Maestra en Comunicación y Cultura por la UNAM, Nadia Rodríguez Martínez es Profesora del Centro de Estudios en
    Ciencias de la Comunicación y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM
Se ha especializado en desarrollo del periodismo en Culturas y
   expresiones estéticas alternativas y contemporáneas en el contexto posmoderno.
Ha laborado en la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía de la Secretaría de Gobernación; en el diario El Universal, así como en la organización no gubernamental
    Greenpeace México. Ha colaborado en ¿CÓMO VES?,
       publicación mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM.
       Actualmente se desempeña como reportera, guionista y asistente en la jefatura de información de TV UNAM.
Ha participado como conferencista en los congresos de la Asociación Mexicana de Investigadores en Comunicación que agrupa a investigadores de universidades e institutos de toda la República Mexicana.
 
 





 







* Las fotografias, de Salvador Perches Galván, que ilustran el presente ensayo correponden a la puesta en escena Màscara VS Cabellera, original de Víctor Hugo Rascón Banda, adaptada y dirigida por Erwin Veytia, a cargo de la compañía teatral Al rescate, proyecrto comandado por Aldo Axel García.Montaje que reproduce con fidelidad el mundo del pancracio.
 
Anonymous

Dorinda Jares

11 Feb 2015 - 12:06 am

Reconocer que nuestras pasiones nos influyen hasta en lo académico, es de por sí muestra de sabiduría y madurez. Pero si a esto se le agrega la disertación sobre todo lo que ocurre en la lucha libre y se aclara el fenómeno, entonces sin complejos ni falsas poses, se puede ser genial.

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